jueves, 8 de octubre de 2015

Ciencia y religión: Me declaro científico y creyente. Inteligencia, admiración y fe


¿Ciencia y religión se excluyen mutuamente? ¿Son enemigos irreconciliables? De vez en cuando me he tropezado, en compañeros profesores e incluso en algunos alumnos despistados, con objeciones del tipo: "es que yo soy científico, sabes, a mi esto de la religión pues no me va,..." A veces no digo nada, a veces respondo con alguna ironía del tipo: "Y claro, seguramente yo vivo en el Medioevo, tío".

Este prejuicio en contra de la religión es tan fuerte que por más que lo explique, y lo vuelva a explicar, y lo re-diga por activa y por pasiva, reflorece todos los años en las mentes de los jóvenes. Por cierto, ¡qué virus tan espantoso son los prejuicios de cualquier estirpe! Los expulsas por la puerta y se te cuelan por la ventana. Claro, no tienen un fundamento racional, no se atienen a razones ni a conceptos claros y distintos, son míticos en sentido estricto, es decir, creencias generalizadas que no se someten a la razón crítica y que terminan condicionando la valoración que hacemos de los hechos.

Quiero declarar desde mi fe católica que amo entrañablemente la ciencia y el conocimiento, que bendigo a Dios por la biología molecular, la física, la geología, la química, que me declaro devotísimo del método científico y del experimento, de las hipótesis y los estudios estadísticos. 

Y porque los católicos amamos la ciencia y el conocimiento, porque sentimos con particular apremio la necesidad de cultivar todas las ramas del saber humano, la Iglesia promueve la educación alrededor del mundo, patrocina universidades, institutos de investigación, academias, y  entre sus filas hay matemáticos, físicos, astrónomos, lingüistas, historiadores, sociólogos, médicos, etc.

Asumimos este nuestro amor al conocimiento y al quehacer de la inteligencia humana desde una mirada creyente, es decir, pensamos que el orden causal, las determinaciones, que descubrimos en los fenómenos que estudia la ciencia no son fruto del azar o de la mera casualidad, sino que responden a un propósito, tienen un sentido y un significado. Investigar este por qué primero, indagar sobre las preguntas últimas, es tarea de la filosofía y también de la teología.

Que conste que no necesito conocer cara a cara a Leonardo Da Vinci, por ejemplo, para saber que alguien, se llame como se llame, dibujó y pintó la Mona Lisa. Creer que este célebre cuadro se ha pintado solo, o por casualidad, entre millones y millones de posibilidades que había en el universo, lo siento pero atenta contra mi razón. Porque, además, basta mirar la pintura para darse cuenta que la obra tiene una intención, esa sonrisa tan enigmática, esos colores, esa mirada,... No señor, nada es casual, detrás está la mano de una inteligencia creadora.

A mí me asombra, lo digo como lo siento, que haya gente que se plante frente a la maravillosa "pintura" de la naturaleza, pensemos por ejemplo en la belleza helicoidal del ADN molecular, y afirme que todo ha surgido por simple azar. Y que argumenten que cómo no han conocido en vivo y en directo al "Leonardo Da Vinci" que pudiera estar detrás, pues han llegado a la conclusión de que, sencillamente, no existe.

No le falta razón al diablo cuando le aconseja a su bisoño compañero, en el conocido libro de C. S. Lewis "Cartas del diablo a su sobrino", que procure alejar a su paciente humano de todo tipo de argumento o razonamiento que busque la verdad pura y dura de las cosas, esas razones de peso que no se conforman con la jerga que está de moda.

En este debate ciencia-religión es bueno puntualizar que ni la Biblia ni la Tradición cristiana (con T mayúscula, please) dan respuesta alguna al cómo se suceden los fenómenos, no son manuales de ciencia ni son leídos o interpretados literalmente. Son textos esencialmente religiosos, su clave hermenéutica es distinta, testimonian verdades profundas que ha vivido, y celebrado, el pueblo de Dios a lo largo de su caminar en la historia.

Nuestra fe en Dios se alimenta de nuestro amor a la ciencia y al conocimiento, investigar y desentrañar los secretos del cosmos suscita en nosotros sentimientos de admiración y de estupor. Tantas maravillas, tanta belleza, tanta sabiduría. Lo que existe, lo que descubrimos con nuestra inteligencia testifica la presencia del creador: "Porque lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras: su poder eterno y su divinidad,..." (Rom 1, 20)

Tengo en la memoria algunas críticas que meses atrás algunos medios dirigieron al programa de Religión porque se proponía como objetivo, entre otros, suscitar en el alumno sentimientos de admiración ante la maravilla de lo que existe. A estos criticones de oficio les mandaría a leer los primeros párrafos de la Metafísica de Aristóteles, allí el filosofo nos habla de que es, precisamente, la admiración, la sorpresa frente a la novedad cotidiana del amanecer, el origen de todo conocimiento.

Sobre este tema tan debatido siempre me queda la sensación de que no he dicho lo suficiente, así que volverá a aparecer, ya lo verán, y diré más cosas, que no termino nunca de explicarme, y ya saben algunos como casi siempre me pilla el timbre con la palabra en la boca.

Celebremos está feliz amistad de la ciencia y la religión, cada una, eso sí, con su autonomía, pero llamadas a dialogar y a complementarse mutuamente.

Auf Wiedersehen!

@elblogdemarcelo


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